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EL SAGRADO DERECHO DE DEFENSA, artículo recibido desde el campo de concentración de Marcos Paz y una introducción
INTRODUCCIÓN: No conozco al Comisario Miguel Etchecolatz a no ser por las infamias que se cometieron contra él antes y durante la farsa judicial en la que se lo condenó a cadena perpetua en medio del ulular de las arpías de plaza de Mayo y sus deleznables ad latere, entre los cuales se encuentra un famoso parricida.
Me acuerdo cuando con total impunidad asaltaron su casa causándole graves daños y me acuerdo de las infames crónicas periodísticas de los “diarios serios” que no lo nombraban de otra manera que como “genocida”, “represor”, etc. O sea, estaba condenado antes de iniciarse la actuación de los “jueces” a quienes sólo se les permitía poner su firma en la sentencia ya dictada.
Cuando gente perversa como la que integra y apoya esta tiranía demuestra tanto odio contra alguien, automáticamente dudo de sus acusaciones y rechazo ese odio con el mayor desprecio. En este artículo el valiente Comisario, que ya tiene más de 80 años y está en el campo de concentración de Marcos Paz dice varias verdades acerca de este Poder Judicial prevaricador que padecemos. Aquellos jueces de la farsa judicial harían bien en tomar muy en serio esas palabras porque Dios existe.
También demuestra una entereza ante la desgracia que padece que es de admirar. Por eso publico con todo respeto estas porque todos tienen el sagrado derecho de defensa que a él le ha sido negado. Que conste este testimonio de la víctima de esas atrocidades ad perpetuam rei memoriam.
Cosme Beccar Varela
JUECES, por el Comisario Miguel Etchecolatz
Siempre habrá magistrados que luchen por el progreso y quienes porque el progreso es lucha, se esclavizan con las ataduras del pasado, mirando hacia atrás.
Hoy, el Poder Judicial fracasó como tal en el doble aspecto de asegurar su independencia como medio de garantía y de cumplir su función con la imparcialidad requerida.
El favor político hecho a los hombres componentes del Poder Judicial demuestra inevitablemente la politización de ese Poder.
Puede señalarse como dato informativo que entre tanto estuvo y sigue estando la gravitación del elemento político, los miembros del Poder Judicial tienen sus cuotas de nombramientos unidas por un firme cordón umbilical a las cuotas políticas que corresponde al partido u hombre político que contribuya a su acceso al cargo.
Sobran casos notorios que la potestad de gracia en las causas penales que se tramitan no es en función del delito que se imputa, sino en la importancia del hombre en examen. Cuando los jueces son los que empiezan por utilizar su investidura para servir a intereses políticos-ideológicos; cuando las garantías procesales desaparecen, si los imputados sustentan ideas opuestas al gobierno; cuando al imperio de la ley se sustituye el de la necesidad política y los fallos se convierten en alegatos sectarios, hay que puntualizar bien las cosas para definir claramente responsabilidades.
Fallos dictados por el órgano de la materia llegan a ser desconocidos, incluso, censurados por el Poder Ejecutivo en la medida en que ellos contraríen sus intereses políticos-ideológicos. No sólo gravita sobre las decisiones la influencia política, sino que el P.E. llega a sustentar la tesis del no cumplimiento de las decisiones judiciales.
Decía Lenín: “… a las instituciones no hay que enfrentarlas sino infiltrarlas”. En buena medida esto ocurre en mi Argentina, en las formas más variadas que se pueda imaginar. Diría que esos magistrados tienen una suerte de inmunidad que les permite conservar su empleo a pesar de haber delinquido contra la propia Nación.
Esta es la realidad, la verdad y este es el clima que el país tiene que enfrentar como realidad incontestable de nuestro Poder Judicial.
Hoy, son esos jueces que abusan de la sagrada herramienta que les proporciona la Constitución Nacional, dictan una condena a perpetuidad, contrariando la ley madre al aplicar leyes no insertas en nuestro Derecho Penal de manera retroactiva, juzgando por el mismo presunto delito por tercera vez, etc., etc..
Si no hubiese procedido como lo hice –no como mis juzgadores inventan- habría traicionado la sagrada misión de defender la Patria, atacada en su soberanía, en sus tradiciones de independencia y libertad y en los principios en que se funda nuestra convivencia social. En mi Patria la sedición no está vencida, continúa trabajando en forma solapada. Hemos ganado algunas batallas, pero no definitivamente la guerra.
Los jueces si no tienen valor para la verdad, es imposible que lo tengan para la justicia. Improvisando una prudente cobardía están impedidos de ser justos toda vez que puedan comprometerse con el fallo. Los he visto. Hay que temblar cuando sonríen porque vienen tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo el saco.
Llegará el momento en que las injusticias de los jueces se pagará con formidables intereses. Pronto o tarde se saldarán sus trampas. Aprenderán en carne propia que por un clavo se pierde una herradura.
A medida en que fuí expuesto en los Tribunales ante jueces disfrazados de legalidad, apenas se me ofreció la oportunidad de defender el honor de nuestra posición ante esa guerra, las fuerzas, el valor, la resolución, me llegaron no se de donde, me vi de pie, con la palabra en los labios y desde entonces me tracé la línea que gracias a Dios conservo con invariable perseverancia. Es así que la impresión visible por parte de los magistrados, que al principio me escuchaban, por cierto con antipatía y hostilidad, fue cediendo poco a poco el lugar a la intolerancia. Lógicamente que esta regla no podía fallar en esas asambleas en cuyo seno se reunía la flor de inmoralidad, carceleros de la verdad, el derecho y la justicia.
Comisario Miguel Etchecolatz
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