Buenos Aires

19 de Febrero del año 2001 - 98




¿QUÉ ES UN "ORDINARIO"?



Lo que intento describir en este artículo es el significado de "ordinario" como adjetivo substantivado, tal cual se usa entre nosotros.

Recientemente tuve cerca mío, en un lugar público, a un ejemplar de "ordinario" que observé atentamente durante un largo rato. A decir verdad, el pobre señor que me causó estas reflexiones no fué sino su detonante. No lo conozco, no sé si acumula la suma de características que trataré de pintar, aunque sí un número suficiente -de las que hizo gala durante todo el tiempo que estuve cerca- como para recordarme desagradablemente a la infinidad de "ordinarios" que conozco.

El Diccionario de la Real Academia da una primera acepción de la palabra que es totalmente neutra y que no es la que intento analizar ahora: "Común, regular y que sucede habitualmente".

En una segunda acepción dice: "Contrapuesto a noble, plebeyo" y en una tercera: "Bajo, vasto, vulgar y de poca estimación".

Como siempre, el gran Diccionario es preciso y despiadadamente gráfico en sus definiciones.

El lenguaje es una maravilla. Recoge la experiencia de los pueblos, sus sentimientos, sus juicios, sus ideas y los expresa con la misma sencillez con que una fotografía refleja el objeto que está frente a la lente. Si el objeto es feo y desagradable, se vé en la foto tal cual es. Si es bello, lo mismo. La foto no miente.

Las definiciones del gran Diccionario, generalmente, no se equivocan. A veces se quedan cortas, porque los pueblos van acrecentando significados a las palabras y no es raro que su última versión no haya tenido tiempo de recoger esas últimas pinceladas del genio popular. Esto es lo que ocurre con la palabra "ordinario", que en la Argentina ha tomado un sentido que presenta algunos matices adicionales a los que provee el Diccionario.

El "ordinario" argentino es una persona que corresponde más bien a la tercera acepción y, parcialmente, a la segunda acepción de la Real Academia.

Digo "parcialmente" porque no es cierto que el "ordinario" sea un plebeyo. Hay plebeyos que no son ordinarios. Les basta con ser aunténticamente lo que son, para no ser ordinarios y ser simplemente "de pueblo".

Una persona de cualquier clase que sea, hasta la más humilde (hay cientos de clases sociales, no sólo tres), si es despretensiosamente lo que es, y trata de mejorar ordenadamente sin pretensiones desmesuradas, ni emulaciones nerviosas, ni se deja carcomer por negras envidias merece el máximo respeto y no sólo es igual en su naturaleza al más poderoso de los reyes, sino que además, socialmente, podría convivir y conversar con cualquier superior con toda naturalidad.

Y si no sabe cómo hacerlo, pregunta con igual naturalidad y luego procede con simplicidad de espíritu. Al fin y al cabo, la igualdad natural entre los seres humanos es de lejos más importante que sus legítimas desigualdades.

Un superior que no supiera crear un clima de relaciones con los demás en que ésto sea fácil y sencillo, no es un superior: es un "trepa" ordinario. Ya hablaremos sobre ésto más adelante en este artículo.

El uso de la palabra "plebeyo" en ese contexto, por lo tanto, creo que puede confundir. Lo que se opone a "noble", no es "plebeyo", sino "ordinario". Claro que no se puede poner lo definido en la definición, pero podría haberse dejado la definición sólo así: "Aquello que es contrapuesto a lo noble".

"Plebeyo" es una palabra antigua que casi no se usa y si hoy se usa, se le dá generalmente un significado clasista, no de clase.

Nobles y plebeyos, en los viejos tiempos, eran muy amigos, eran conciudadanos muy próximos, no se miraban mal. Ni los nobles despreciaban a los plebeyos, ni los plebeyos odiaban a los nobles, más bien los admiraban. Ambos se necesitaban mutuamente y salvo los abusos de algunos canallas en ambos grupos sociales, que nunca faltaban, el conjunto de la sociedad vivía en armonía.

Los viejos tiempos se acabaron oficialmente en la Revolución Francesa de 1789, pero "extraoficialmente" duraron mucho más. Diría que hasta la revolución bolchevique de 1917 y tal vez todavía un poco más: hasta la imposición de la cultura yanqui al triunfar EEUU en la segunda guerra mundial.

A pesar de todo, sin embargo, el ideal de nobleza sigue existiendo, al igual que las mil cualidades de lo popular.

Lo que echa todo a perder son los "ordinarios".

* * *

El "ordinario" es un individuo que suele tener plata, pero no tiene educación. La plata le vino a las manos antes que la educación para saberla usar bien.

Como la posesión de una buena billetera otorga a su poseedor un cierto poder, el "ordinario" se siente poderoso. Pero no cualquiera sabe usar el poder, por pequeño que éste sea. Y entonces el "ordinario" es insolente y chabacano con los que estima inferiores a él.

La buena educación pone límites al individuo. Desde pequeño le prescribe una serie de conductas que se deben tener y otras que se deben evitar.

Estos preceptos aprendidos en tiempos de la niñez, en que uno acepta lo que le dicen sus mayores sin discusión ni examen, se incorporan como una segunda naturaleza al educando.

Cuando la persona bien educada se hace mayor, y podría analizar y hasta discutir algunos de esos comportamientos aprendidos, no lo hace, porque cuando madura, al aprendizaje de la infancia se agrega la propia experiencia que le dice que aquello es realmente lo correcto y le molestaría mucho ser de otra manera. Como también le molestan los que son ostensible y desafiantemente de otra manera, o sea, los "ordinarios".

El "ordinario", que tiene el poder que le dá el dinero o la posición política, o profesional, o lo que fuera, exige que se le den razones que él juzgue convincentes del por qué de cada uno de esos deberes de hacer o no hacer.

Pero como la finura de su sensibilidad no existe (esa finura es uno de los frutos más preciosos de la buena educación), no comprende ninguna de esas razones y le parece, entonces, que su poder le autoriza a discutir todas las reglas de educación a las que tacha de imposiciones arbitrarias de grupos sociales decadentes, superados por su éxito de triunfador de la vida.

Viola, entonces, deliberadamente, esas normas, se comporta ruidosamente: en una palabra, hace y dice lo que se le dá la gana. Y "la gana" del "ordinario", es hacer vulgaridades como, por ejemplo, decir procacidades y malas palabras en alta voz, sin importarle si hay señoras cerca o si molesta a otros.

Decir procacidades y "malas palabras", aunque sea sólo entre hombres, para "hacerse el hombre", es lamentablemente ordinario. Pero cuando se dicen en un lugar público, aunque haya señoras oyendo, eso es propiamente cosa de "ordinarios". Lamentablemente, es común también entre personas decadentes de la antigua aristocracia usarlas a troche y moche, lo cual revela que la ordinariez es contagiosa...

El "ordinario" no tiene ideales, tiene intereses. No tiene principios, tiene objetivos. No tiene lealtades, tiene complicidades.

El "ordinario" quiere "trepar", porque cuanto más alto esté en la escala social, mayor será su sensación de poder y de estar por encima de las reglas del "savoir faire, savoir dire et savoir plaire".

El "ordinario", desconfiando de su propio juicio y temiendo el ridículo, trata de estar siempre "a la moda". Va adonde "todos" van; veranea en donde están los famosos; se viste con lo más caro y con marcas "reconocidas"; opina como le indican los diarios y revistas que "hay que leer"; en materia de libros, se anota con los "best sellers" y tiene su "grupo" con el cual se mueve, como los pescados en el cardumen, porque dentro de él se siente ser (estar "in") y sin el cual tiene la sensación haber caído en la nada.

Una especie de "ordinarios", especialmente los más jóvenes, adoran su cuerpo. Ya que su espíritu es un prisionero de la bastedad de sus sentimientos, se dedican a cultivar su cuerpo. Van al gimnasio, tienen "personal trainer", sacan músculos, corren como locos, hacen régimen de comidas, toman agua mineral, no fuman (pero sacan unos grandes y caros habanos en las reuniones de negocios) y toman baños de sauna.

Otros "ordinarios" no cultivan su cuerpo porque ven que es inútil. Lo que natura non da, gimnasio non presta...

No digo que esté mal cuidar al "hermano burro", como llamaba al cuerpo San Francisco de Asis. Lo que es ordinario es el culto del propio cuerpo, al estilo de los paganos.

El "ordinario" tiene peluquero. No va simplemente a cortarse el pelo: cree que su peluquero ha descubierto la manera de que esa burda cabezota vacía, a fuerza de arreglarle el pelo, parezca distinguida.

El "ordinario" es duro con los débiles y obsecuente con los poderosos. Es siempre oficialista y está con los que que ganan.

Le encanta hacer bromas "pesadas" y burlarse de los más débiles, actuando en "patota".

En una palabra, el "ordinario" es un individuo poco recomendable.


Cosme Beccar Varela




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